-Si, diga. Bien, bien ¿A qué hora es? Perfecto allí estaré.
Reda cuelga el teléfono y se encamina hacia la puerta de su despacho para la reunión cotidiana. Es jefe de redacción de uno de los periódicos más prestigiosos de su país. Un hombre apuesto que se asoma a los sesenta, de aspecto atlético, de una voluntad de hierro, periodista desde décadas, experimentado y de buena reputación. A primera vista engaña a los demás porque una mirada triste le invade los ojos. Uno puede pensar que es un hombre dócil, pero nada más lejos de la verdad; es duro como el acero, inflexible en su trabajo, y no hace concesiones cuando está seguro de que lleva la razón.
Es verano, una noche clara. En la ciudad es costumbre celebrar cenas en esta época del año en los jardines suntuosos de las mansiones. Hoy, Reda se dirige hacia una de esas cenas, donde se reunirán unas cuantas mentes brillantes del mundo de las finanzas, y con las que a lo largo de su vida hizo amistad.
Llegó por fin a su destino algo cansado. Su día no había sido del todo agradable. Algunos problemas en el rotativo le habían traído de cabeza. Cuando el mozo le tomo las llaves del coche, le pregunto si se encontraba bien. La pregunta le hizo reaccionar, y le contestó amablemente que sí. Se encaminó hacia el interior de la casa dibujando la mejor de sus sonrisas y saludó a cuantos se encontró por el camino.
Se dirigió al jardín, y ¡Santo cielo! Allá estaba ella, ¡Santo cielo! Se frotó los ojos en un acto reflejo. Seguía en su sitio, no era un fantasma. Allí está, treinta y cinco años después y nada ha cambiado en ella, ni siquiera el peinado: un pelo azabache, ondulado, suelto sobre la espalda con un gesto mimoso. -Imposible- se dijo petrificado en el escalón. ¿Cómo puede ser? Alguien le habló por detrás y le sacó de sus tribulaciones. No se atrevía a mirar, por no perderla de vista. Seguía pensando que era una aparición. La voz se transformó en un joven: el hijo de su anfitrión.
-Tío Reda ¿Cómo está usted?
Le repite el joven, le contesta sin mirarle, sin parpadear siquiera. El joven sigue la mirada de Reda, ve a la dama del vestido negro ceñido, esbelta y de facciones exóticas.
-¿Le conoce?
-No, dice Reda con un tono muy seco.
El joven le tomó el brazo, le hizo bajar los tres escalones, y le condujo hacia el lado contrario del jardín.
-Vamos a tomar algo, mientras viene mi padre.
Obligado se fue con él, pero no le escuchaba. Ya estaba en aquel café esperando para hacer la entrevista que le encargó el periódico. Sentado tomaba un té algo ya nervioso. La actriz famosa que debía entrevistar se había retrasado. Cincuenta minutos después apareció con unos cuantos acompañantes. Se levantó y se dirigió a ella, cuando estaba ya cerca, apenas pudo articular palabra. El pobre daba la impresión de un estudiante que viene a pedir un autógrafo. Ella sonrió y le pregunto dónde quería el autógrafo. Él balbuceó y se presentó como pudo. Ella volvió a sonreír, se disculpó y le invitó a sentarse para hacer la entrevista.
Reda no consiguió dormir aquella noche, con los nervios a flor de piel, caminó su habitación hasta el agotamiento. ¿Qué le había hecho esa mujer? ¿Qué es lo que le sucedía? Muchas más preguntas le hincaban los dientes. Pasaron dos semanas, sin que él pudiera recomponerse.
Le llaman de dirección, sube a la segunda planta, llega al despacho de su director, Reda no sabe que hacer, allí esta ella sentada, y cuando le mira siente que se ha adueñado de todo su ser. Balbuceó un saludo y se quedó en la puerta. La voz de su director lejana le invitó a entrar. Entró con miedo a que se descubriera que ya estaba borracho de ella. Estaba aquí para darle las gracias por el artículo. Le gustó mucho y vino a felicitarle. También a invitarle a una cena que daría después del estreno de su nueva película.
Aquella cena le llevó a un mundo desconocido. Joven él, sin experiencias en el amor, ella tan joven como él, y de corazón libre, se enamoraron como dos locos. Reda descubrió que el camino del dolor se había trazado para él. Enamorarse de una actriz tan famosa no le iba a ser rentable. Lo que no sabía Reda que ella estaba dispuesta a dejarlo todo por él, solo tenía que pedírselo.
Dos intensos meses. El arcoiris está por todas partes. Los dos parecen dos niños que la vida les ha prometido todo. Reda posee el mundo entre sus manos durante esos dos meses.
Un dolor agudo invade su corazón cuando ella le anuncia que debe viajar para rodar una nueva película. Ella esperó hasta el último momento que le pidiera que se quedara a su lado, pero el cobarde que vivía dentro no le deja. ¿Cómo pedirle que abandone el cine, el trabajo, los viajes, el lujo y se quede con él? El ¿Quién es él? Un periodista joven, con recursos limitados, una habitación alquilada en una casa compartida, con un solo traje e un futuro incierto. Ella insinuó alguna que otra vez la cuestión, pero Reda se negaba a creerlo. Al final tomó su vuelo y se marchó para nunca regresar.
Se desató el infierno, Reda ganó su mirada triste, nunca le olvidó ni volvió a enamorarse.
-Reda, Reda, ¿Dónde estás amigo? Le pregunta su anfitrión.
-Aquí, perdona. -Contesta con voz de ultratumba. -Aquí, amigo-
Vuelve Reda a la tierra, pero aún tocado, se sientan todos a cenar. Ella está sentada enfrente. ¡Qué ironía! Actúa como si no le conoce, le dirige apenas una media sonrisa y sigue charlando con el hombre a su izquierda. Pasa la cena absorto mirándola. Tersa como siempre, labios de terciopelo, ojos negros como la noche, los hombros de marfil, y ese gesto mimoso de su pelo. Siente ganas de abrazarle, de gritarle su amor. Cobarde, no se atreve.
Terminó la cena, los invitados se dispersaron por el jardín en corrillos para tomar copas y charlar. Él le busca con la mirada, es el momento: está sola cerca de la piscina.
-Buenas noches, Srta.…?
-Buenas noches.
-Perdóneme, me llamo Almar, pero su cara me es familiar.
-No lo sé, señor, no creo conocerle, vivo en los Estados Unidos. No soy de aquí. Me llamo Alejandra Forth y es mi primera visita a esta ciudad. Nuestro anfitrión es amigo de mi marido, y nos ha invitado a mi hijo Rudy y a mí a pasar este fin de semana con ellos.
-Encantado Sra.- balbuceó Reda - Pero insisto, su cara… -
-Si, lo sé - le cortó suavemente Alejandra. Todos dicen que soy la imagen viva de mi madre. Seguro que usted la conoció. Fue una gran actriz en sus tiempos.
Reda no sabía qué decir, estaba perdido en sus sentimientos. No encontró palabras, le miraba como si fuera a desvanecerse de un momento a otro. Intentó recomponerse, de repente le dijo:
-Si le conocí, fue… (tragó sus palabras. No quiso confesarse, ni delante de la hija de su gran amor) una gran actriz ¿Dónde está ahora?
-Lo siento, Sr. Almar, mi madre falleció hace 4 años. ¿Usted la conoció bien?
-Fuimos muy buenos amigos, hasta que ella se marchó a rodar una película a Estados Unidos y jamás regresó. Yo seguía sus noticias en los periódicos por una temporada, después no se supo más de ella. Desapareció del cine, de la vida pública, y no hubo mas noticias.
-Debió ser cuando conoció a mi padre, se casaron a los 3 años de su llegada a América. Mi padre le pidió que se retirase del mundo del cine, ella aceptó, luego nací yo. Dijo esto y le sonrió.- ¿Me acompaña usted a ver a mi hijo Rudy? Está durmiendo en el segundo piso. Quiero asegurarme que está bien.
-Seguro, pero siga hablándome de su madre.
Alejandra le cuenta como fue la vida de su madre hasta su muerte. El absorbe cada palabra y no deja de mirar a la que pudo ser su propia hija. Cuando cerró la puerta del cuarto donde dormía el niño. Dijo de repente:
-Mi hijo nació unos meses antes del fallecimiento de mi madre, nunca comprendí su insistencia en ponerle el nombre. Le llamamos Rudy, pero se llama Reda realmente.
Esa noche Reda no durmió, otra vez, como hace 35 años, caminó su habitación hasta el agotamiento. Sólo el decorado cambia. Por la mañana en su despacho, el hombre de acero, escribió su último artículo, lo dedicó al amor. Cerró las ventanas, los cajones, hizo las maletas y se fue.